Amazogramas
Roberto Huarcaya
Autopublicado
Fotogramas tomados de noche en la selva amazónica peruana, utilizando papel fotosensible de 30 metros de largo desplegado entre la densa vegetación. La impresión se realizó directamente sobre el papel con un pequeño flash y la luz de la luna llena. Estas imágenes fueron reveladas con agua de río.
«Fotogramas tomados de noche en la selva amazónica peruana, utilizando papel fotosensible de 30 metros de largo entre la densa vegetación. Una tormenta, ya sea literal o simbólica, es parte esencial de un proceso mayor. Descarga la energía acumulada, no como destrucción por sí misma, sino como una fuerza que busca restablecer el equilibrio. De esta manera, incluso la agitación cumple un propósito: el de la renovación y la armonía. La imagen que aquí se presenta captura esta esencia: un marco de treinta metros de largo de una palmera amazónica recostada en el lecho del río Madre de Dios.
Lo que hace única a esta obra es que fue creada en colaboración con la naturaleza misma. Como artista, Huarcaya sirvió simplemente como medio; la naturaleza, como verdadera protagonista, se fotografió a sí misma. Mientras el artista y su equipo exponían el rollo de papel fotosensible colocado bajo la palmera caída, utilizando solo un pequeño flash de mano, una tormenta tropical estalló repentinamente. Cuatro relámpagos iluminaron todo el paisaje, imprimiendo su energía en la escena y en el papel. En ese instante, la naturaleza tomó el control.
El grupo se enfrentó a los límites de su propia intervención: había una fuerza superior a ellos, que se imponía con una presencia innegable. ¿Qué podían hacer ante tal situación? ¿Un instante? ¿Aceptar que la exposición se había perdido ante esta energía abrumadora o reconocer que, después de más de dos años intentando capturar visualmente el poder y la vitalidad del Amazonas, finalmente habían encontrado la clave? Para trabajar en el Amazonas, tenían que trabajar con él, no a pesar de él. Necesitaban desarrollar una metodología donde la naturaleza no fuera solo un elemento del proceso, sino una colaboradora fundamental. Esto requería aceptar la imprevisibilidad, permitiendo que los accidentes y el flujo natural de los acontecimientos se convirtieran en fuerzas esenciales para dar forma a los encuadres. Este marco de treinta metros es más que una simple obra de arte creada con la naturaleza; fue una experiencia inmersiva que situó al grupo dentro del delicado equilibrio de los ecosistemas naturales.
Como individuos, somos apenas un pequeño punto dentro de este vasto equilibrio. Sin embargo, como sociedad, nos encontramos al borde de perturbar equilibrios que se han mantenido durante millones de años. Si no reconocemos esto, las tormentas dejarán de ser meros símbolos de transformación: se convertirán en presagios de un caos global irreversible. Esta sola imagen sirve como advertencia: si no fomentamos una conexión profunda y empática con la naturaleza como "Si no respetamos al ser vivo y a nosotros mismos, una tormenta, ya sea natural o cultural, podría acabar con la vida tal como la conocemos.»












